Introducción
El mal nos atrae. No en su forma real y dolorosa, sino en su representación simbólica: relatos, crónicas, novelas, películas, historias susurradas a media luz. Nos inquieta, pero no apartamos la mirada. ¿Por qué nos atrae el mal de forma tan persistente y universal?
Porque el mal —especialmente en su expresión más extrema: el asesinato— actúa como un espejo deformado donde reconocemos partes de nosotros mismos que preferimos mantener ocultas. Entender a un asesino no significa justificarlo. Significa comprender los límites del ser humano, esos bordes frágiles donde la razón se agrieta y la moral se pone a prueba. Reflexionar sobre por qué nos atrae el mal es, en el fondo, una exploración de nuestra propia condición.
La atracción ancestral por el peligro
Nuestro cerebro está diseñado para mirar el riesgo
Durante miles de años, sobrevivir dependió de detectar amenazas. El cerebro humano está programado para fijarse en aquello que podría dañarnos:
• Movimientos extraños.
• Estímulos imprevisibles.
• Comportamientos fuera de norma.
El asesino encarna ese riesgo primitivo. No es solo un individuo: es el recordatorio constante de que la seguridad absoluta es una ilusión. Por eso, cuando nos preguntamos por qué nos atrae el mal, la respuesta comienza en nuestra biología más básica.
El miedo como mecanismo de aprendizaje
Al observar el mal —aunque sea desde la distancia del relato— nuestro cerebro se “entrena”: ¿cómo ocurrió?, ¿cómo podría evitarse?, ¿por qué sucedió? Mirar el mal es una forma inconsciente de prepararnos para enfrentarlo. La fascinación no es pasividad; es un mecanismo de aprendizaje y adaptación profundamente arraigado.
La transgresión como ventana psicológica
El asesino rompe lo que no debe romperse
En todas las culturas existe un pacto moral fundamental: no quitar la vida a otro ser humano. El asesino lo quiebra. Esa transgresión brutal despierta preguntas profundas:
• ¿Qué hace que una persona destruya ese límite?
• ¿Se nace con esa sombra o se forja con el tiempo?
• ¿Qué ocurre dentro de una mente que no siente lo que nosotros damos por hecho?
Lo prohibido nos atrae porque revela grietas que todos tememos poseer. Por eso, al analizar por qué nos atrae el mal, inevitablemente exploramos nuestros propios límites éticos.
El abismo ajeno como refugio
Observar la oscuridad de otro nos permite alejar la nuestra. Es una distancia tranquilizadora: el monstruo está fuera, no dentro. El mal ajeno se convierte en un refugio psicológico donde proyectamos lo que no queremos reconocer en nosotros mismos.
El placer de comprender lo incomprensible
La mente es un rompecabezas
Cada asesino —real o ficticio— plantea una pregunta sin respuesta inmediata. La fascinación surge del intento de reconstruir ese rompecabezas mental:
• Patrones.
• Traumas.
• Impulsos.
• Contradicciones.
El ser humano disfruta descifrando misterios, y la mente humana es el mayor misterio de todos. Comprender por qué nos atrae el mal es también comprender nuestra obsesión por encontrar sentido al caos.
La dualidad que nos define
En el fondo, lo que nos atrae no es el asesino, sino la posibilidad inquietante de que todos somos capaces de cosas impensables bajo circunstancias extremas. La línea que separa el bien del mal es más fina de lo que nos gustaría admitir, y esa fragilidad es profundamente perturbadora.
El mal como espejo cultural
La sociedad proyecta sus miedos en los asesinos
Cada época teme cosas distintas:
• La locura.
• La miseria.
• La desigualdad.
• La violencia oculta.
• La pérdida de control.
El asesino simboliza esos temores colectivos. Por eso sus historias funcionan como rituales culturales donde se canaliza lo que no podemos resolver en la vida cotidiana. Analizar por qué nos atrae el mal es, también, analizar a la sociedad que lo observa.
Morbo, curiosidad y necesidad de orden
El relato del mal permite mirar sin riesgo, entender sin sufrir y juzgar sin consecuencias. El crimen es caos; la explicación del crimen es orden. El ser humano busca constantemente poner orden al abismo, y esa necesidad explica gran parte de nuestra atracción por el mal.
La incómoda pregunta: ¿podría ser yo?
La sombra jungiana
Carl Jung planteaba que todos tenemos una “sombra”: deseos, impulsos o pensamientos que reprimimos porque contradicen nuestra identidad consciente. Los asesinos encarnan esa sombra llevada al extremo. Nos atraen porque representan lo que tememos poder llegar a ser, y esa posibilidad resulta tan inquietante como irresistible.
La distancia segura
La literatura, el cine y las historias permiten observar sin implicarse. Es un espacio simbólico donde la oscuridad puede mirarse sin consecuencias reales: un laboratorio moral y emocional donde explorar por qué nos atrae el mal sin cruzar la línea.
La necesidad de comprender para sobrevivir
El crimen como mapa emocional
Cuando tratamos de entender la mente del asesino, en realidad buscamos entender:
• La fragilidad humana.
• Los límites de la moral.
• Las causas del sufrimiento.
• Nuestros propios miedos.
Comprender el mal no es un acto morboso; es un intento de drle sentido a la existencia y de anticipar aquello que podría destruirnos.
La fascinación como defensa
Paradójicamente, interesarse por el mal es una forma de protegernos de él. Quien comprende cómo piensa un depredador tiene más herramientas para reconocerlo, evitarlo o enfrentarlo. Por eso, preguntarnos por qué nos atrae el mal tiene una función profundamente defensiva.
Cita destacada
“El mal no fascina por su violencia, sino por lo que revela del corazón humano.”
— Ensayo psicológico victoriano (apócrifo)
Conclusión
Mirar al asesino es mirar una parte de la condición humana que preferimos no reconocer. El mal atrae porque nos obliga a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra fragilidad y nuestros límites morales. No buscamos glorificar la violencia, sino comprender el vacío en el que se forma. En esa comprensión —dolorosa, incómoda y necesaria— reside el verdadero motivo por el que nos atrae el mal.


