Introducción
Pocos temas despiertan tanta curiosidad y repulsión como el de los asesinos en serie. El interés por los asesinos en serie atraviesa épocas, culturas y formatos narrativos, manteniéndose constante a lo largo de la historia moderna. Son figuras que se mueven entre el mito y el horror, entre la fascinación y el miedo. Desde los folletines victorianos hasta los documentales contemporáneos, la humanidad ha sentido una atracción persistente por quienes cruzan los límites morales de lo posible.
Pero ¿por qué nos interesa tanto el mal cuando adopta rostro humano? ¿Qué hay detrás de esa mirada que no solo asusta, sino que también hipnotiza? El interés por los asesinos en serie no surge de la violencia en sí, sino del intento colectivo de comprender aquello que amenaza el orden social y psicológico.
La raíz psicológica del interés por el mal
El deseo de entender lo incomprensible
Desde Freud hasta Jung, la mente humana ha intentado explicar el impulso destructivo. Los asesinos en serie representan la encarnación del caos interno, una amenaza que no viene de lo sobrenatural, sino de dentro de nosotros mismos. El interés por los asesinos en serie nace, en gran medida, del deseo de poner nombre y estructura a lo que parece irracional.
Al observarlos, tratamos de comprender lo que tememos ser capaces de hacer. Analizar sus patrones, motivaciones y rituales criminales es una forma de establecer distancia entre “ellos” y “nosotros”, reforzando la ilusión de control sobre el mal.
El espejo oscuro de la empatía
Paradójicamente, sentimos empatía por el monstruo. Escuchar su historia, entender su infancia o sus traumas nos produce alivio: nos convence de que el mal puede explicarse, que tiene una lógica. Esa búsqueda de sentido en lo absurdo es lo que transforma el miedo en interés.
El interés por los asesinos en serie funciona así como un mecanismo psicológico defensivo: si comprendemos las causas, creemos reducir la amenaza.
La cultura del asesino: del mito al espectáculo
Jack el Destripador y el nacimiento del asesino moderno
El siglo XIX vio nacer al primer asesino en serie mediático. La prensa sensacionalista británica convirtió a Jack el Destripador en un icono cultural. Su anonimato lo hizo inmortal: sin rostro, sin identidad, se volvió una leyenda universal del miedo y cimentó el interés por los asesinos en serie como fenómeno cultural.
Este momento marcó el inicio de la figura del asesino como mito urbano, más allá del crimen concreto.
De los periódicos a las pantallas
El siglo XX trasladó esa fascinación a la cultura de masas. Películas, series y novelas convirtieron la violencia en un lenguaje simbólico. El interés por los asesinos en serie se adaptó al cine, la televisión y, más recientemente, al streaming.
No miramos al asesino para admirarlo, sino para domesticar el miedo, convertirlo en historia, en ficción, en algo que podemos apagar al final del día.
Lo que nos atrae del peligro
El poder de lo prohibido
El ser humano siempre ha sentido curiosidad por lo que le aterra. Las historias de asesinos en serie son una forma segura de explorar el abismo. El interés por los asesinos en serie permite experimentar el vértigo del peligro desde una posición controlada y sin consecuencias reales.
La transgresión moral, observada desde la distancia, se vuelve narrativamente atractiva.
La mente como escenario de suspense
El interés no está en el crimen, sino en el proceso mental que lo precede. Nos intriga cómo se distorsiona la conciencia humana hasta convertir el acto más extremo en algo justificado o incluso ritual. El asesino, en ese sentido, se vuelve un espejo deformante del pensamiento racional.
La fascinación de la narrativa criminal
El asesino como narrador de su propia historia
En muchas obras, el asesino en serie no solo es protagonista, sino también narrador. Nos guía por su lógica torcida, nos arrastra a su visión del mundo. El interés por los asesinos en serie se intensifica cuando reconocemos la lucidez dentro de la locura.
La tensión nace de entender sus motivos, aunque no podamos aceptarlos moralmente.
Del horror al estudio sociológico
El auge del true crime ha transformado la curiosidad morbosa en análisis académico. Criminología, psicología forense y periodismo narrativo han profesionalizado el estudio del mal. A través de ellos, el interés por los asesinos en serie se desplaza del morbo al conocimiento estructurado.
Entre la moral y el espectáculo
El riesgo de la banalización
La fascinación puede volverse peligrosa. Cuando los asesinos se convierten en personajes carismáticos, se diluye la tragedia de sus víctimas. La cultura del consumo ha convertido el crimen en entretenimiento, distorsionando el interés por los asesinos en serie hasta vaciarlo de contexto ético.
“El interés por el asesino revela más sobre quien observa que sobre quien mata.” — fragmento atribuido a Cesare Lombroso.
El equilibrio entre entender y glorificar
El desafío está en comprender sin justificar, en analizar sin convertir en héroe. Estudiar al asesino no debe ser una forma de admiración, sino una vía para reconocer los mecanismos sociales y psicológicos que lo hicieron posible.
El asesino como símbolo de la era moderna
El individualismo extremo
El asesino en serie encarna el fracaso de la empatía: la ruptura del vínculo social. Es el reflejo más extremo de una época que glorifica la individualidad y el control. Por eso el interés por los asesinos en serie resulta tan contemporáneo, incluso en sociedades que se consideran avanzadas.
El mal como narrativa universal
Al final, el interés por los asesinos en serie no es solo una curiosidad morbosa: es un intento de comprender la persistencia del mal en un mundo que presume de progreso. Cada caso, cada historia, reabre la misma pregunta: ¿podemos erradicar lo que forma parte de nuestra propia naturaleza?
Conclusión
Los asesinos en serie nos atraen porque son el abismo con rostro humano. El interés por los asesinos en serie surge de la necesidad de entender lo que desafía nuestra idea de normalidad y seguridad.
No los observamos por lo que hacen, sino por lo que nos revelan: que la frontera entre la cordura y el horror puede ser tan fina como una sombra en la niebla, y que comprender el mal es, en parte, una forma de protegernos de él.


