Introducción
Las técnicas policiales del siglo XIX marcaron un punto de inflexión decisivo en la historia de la investigación criminal. En un contexto de ciudades superpobladas, industrialización acelerada y nuevas formas de delincuencia, la policía moderna comenzó a tomar forma en medio de la desconfianza social y la necesidad urgente de control.
Mientras la ciencia avanzaba a un ritmo vertiginoso, las fuerzas del orden empezaron a incorporar métodos sistemáticos que transformaron para siempre la manera de investigar delitos. Hoy damos por sentados conceptos como la fotografía forense, las fichas de identificación, el análisis de la escena del crimen o el registro centralizado de datos, pero todos ellos tienen su origen en laboratorios oscuros, despachos policiales improvisados y mentes obsesionadas por imponer orden al caos urbano.
Este artículo analiza en profundidad las técnicas policiales del siglo XIX que aún hoy siguen vivas —a veces evolucionadas, a veces prácticamente intactas— en la mayoría de los cuerpos policiales del mundo.
La escena del crimen: un nuevo ritual de observación
La llegada del método científico
Antes del siglo XIX, la escena de un crimen era un espacio caótico. Curiosos, vecinos, policías y médicos transitaban libremente por el lugar, contaminando pruebas sin ser conscientes de ello. No existía un protocolo definido ni una noción clara de preservación de indicios.
Con el desarrollo de las técnicas policiales del siglo XIX, la observación sistemática se convirtió en una prioridad absoluta: nada debía tocarse y todo debía describirse con precisión. Los primeros manuales de criminología insistieron en registrar de forma metódica:
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Posición exacta del cuerpo.
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Estado y ubicación de los objetos.
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Huellas visibles en superficies.
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Manchas o restos biológicos.
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Rutas de entrada y salida del escenario.
Este enfoque racional fue el precursor directo de los protocolos actuales de preservación de la escena del crimen, considerados hoy la base de la criminalística moderna.
El bertillonaje: el precursor de la identificación moderna
Medir para identificar
En 1883, el francés Alphonse Bertillon revolucionó las técnicas policiales del siglo XIX con un sistema de identificación basado en medidas corporales. Longitud del cráneo, anchura de los brazos, tamaño del pie y otras variables físicas permitían diferenciar a los individuos con un método aparentemente científico.
El sistema incluía:
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Antropometría detallada.
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Fotografía policial frontal y lateral.
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Fichas individualizadas archivadas manualmente.
El bertillonaje permitió por primera vez crear bases de datos físicas para identificar delincuentes reincidentes. Aunque fue posteriormente reemplazado por las huellas dactilares, su legado sigue vivo en la ficha policial moderna y en el concepto de registro centralizado de identidad criminal.
Las huellas dactilares: la gran revolución silenciosa
Una huella, una vida
A finales del siglo XIX, las huellas dactilares sustituyeron progresivamente al bertillonaje. Investigadores como Juan Vucetich en Argentina y Francis Galton en el Reino Unido demostraron que cada persona posee un patrón dactilar único e irrepetible.
En 1901, Scotland Yard adoptó oficialmente este sistema, consolidando una de las técnicas policiales del siglo XIX más influyentes de la historia. Hoy, las huellas dactilares son:
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La base de la biometría moderna.
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El método de identificación más aceptado en tribunales.
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El pilar de sistemas automatizados como AFIS.
La idea de que el cuerpo deja un rastro único y verificable nació en los laboratorios y despachos policiales victorianos.
Fotografía forense: la cámara como testigo imparcial
Registrar para recordar
La fotografía forense surgió en París y Londres a finales del siglo XIX como una herramienta revolucionaria dentro de las técnicas policiales del siglo XIX. Permitía documentar la escena del crimen tal como se encontraba antes de cualquier intervención humana.
Mientras los testimonios podían ser contradictorios o subjetivos, la imagen ofrecía una prueba objetiva, duradera y reproducible. En la actualidad, la fotografía forense es imprescindible para:
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Documentar lesiones y cadáveres.
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Registrar la escena completa del delito.
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Crear reconstrucciones tridimensionales.
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Presentar evidencia visual en procesos judiciales.
Lo que comenzó como una tecnología rudimentaria sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la investigación criminal contemporánea.
El interrogatorio científico: adiós a la confesión forzada
Del castigo a la psicología
Durante el siglo XIX se inició un abandono progresivo de los métodos coercitivos basados en la violencia física. Influenciadas por la medicina legal y la naciente psicología, las técnicas policiales del siglo XIX comenzaron a transformar el interrogatorio en una herramienta analítica.
Los investigadores empezaron a centrarse en:
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Contradicciones lógicas del relato.
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Microdetalles narrativos.
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Observación del lenguaje corporal.
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Evaluación racional de motivos y oportunidades.
Aunque imperfectos, estos primeros métodos marcaron el inicio del perfilamiento psicológico, hoy considerado una herramienta esencial en el trabajo policial y forense.
El archivo centralizado: nacimiento de la memoria policial
De cajas desordenadas a sistemas organizados
Las policías urbanas del siglo XIX comenzaron a recopilar información de forma sistemática: nombres, antecedentes, métodos delictivos, alias y fotografías. Estos archivos representaron una de las técnicas policiales del siglo XIX más determinantes para el control del crimen.
Era la primera versión de lo que hoy conocemos como bases de datos criminales. Los sistemas actuales —bases nacionales de ADN, registros biométricos, Interpol o Europol— son herederos directos de aquella obsesión victoriana por clasificar, archivar y recordar.
El legado actual de las técnicas del siglo XIX
Lo que sigue vivo
Muchas herramientas fundamentales del trabajo policial contemporáneo nacieron directamente en el siglo XIX:
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Análisis de la escena del crimen.
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Fichas policiales individuales.
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Fotografía forense.
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Huellas dactilares.
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Archivos centralizados de datos.
Lo que evolucionó
Otras técnicas policiales del siglo XIX se transformaron en disciplinas científicas avanzadas:
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La antropometría dio paso a la biometría moderna.
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La criminología positivista evolucionó hacia la psicología criminal.
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La observación forense se elevó al nivel de los laboratorios actuales: ADN, química forense, luminol y espectrometría.
Lo que cambió para siempre
El mayor aporte del siglo XIX no fue una herramienta concreta, sino un cambio de mentalidad radical: el crimen dejó de interpretarse como un misterio moral o divino para convertirse en un fenómeno científico analizable.
Conclusión
Las técnicas policiales del siglo XIX no solo acompañaron la industrialización y el crecimiento urbano, sino que redefinieron por completo la forma de entender el crimen y su investigación.
Las prácticas forenses nacidas en aquella época transformaron a la policía en una institución metódica, capaz de convertir cada escena del delito en un rompecabezas científico. Este cambio conceptual —la convicción de que el mal podía estudiarse, clasificarse y comprenderse— sigue guiando hoy a las fuerzas de investigación de todo el mundo, más de un siglo después de su nacimiento.


